Los productos light comenzaron a hacerse habituales en nuestros supermercados durante la década de los ochenta. Primero llegaron, sobre todo, las bebidas refrescantes sin azúcar y, poco a poco, aparecieron yogures, quesos, salsas y muchos otros alimentos en versiones más ligeras.
Uno de los ejemplos más conocidos fue TaB, un refresco bajo en calorías que Coca-Cola lanzó en 1963. Coca-Cola Light llegó al mercado español en 1984. A partir de aquellos años, y con una preocupación cada vez mayor por la relación entre alimentación, peso y salud, este tipo de productos fue ganando espacio en las tiendas.
Hoy encontramos expresiones muy diferentes en los envases: light, ligero, bajo en grasa, sin azúcares, bajo en calorías… Aunque a veces las utilicemos como si significaran lo mismo, no es así. Cada una se refiere a unas características concretas.
En la actualidad, el uso de las palabras light, lite o ligero está regulado en la Unión Europea.
Para que un alimento pueda llevar alguna de estas denominaciones debe cumplir las condiciones establecidas para los productos de contenido reducido. Por regla general, la reducción tiene que ser de un 30 % como mínimo en comparación con otro producto similar.
Además, en la etiqueta debe indicarse qué se ha reducido. Puede ser la grasa, el azúcar, el valor energético u otro nutriente. Por tanto, la palabra light, por sí sola, no nos dice exactamente en qué consiste la diferencia: hay que seguir leyendo.
Un alimento light no tiene por qué carecer de calorías ni ser necesariamente bajo en calorías. Puede tener menos grasa o menos azúcar que el producto tomado como referencia y, aun así, proporcionar una cantidad considerable de energía.
El menor aporte calórico suele conseguirse reduciendo alguno de sus componentes o sustituyéndolo por otro. Por ejemplo, se puede disminuir el azúcar y utilizar edulcorantes, o reducir la cantidad de grasa. Pero la composición depende de cada producto y no conviene dar nada por supuesto.
Tampoco debemos confundir un alimento light con uno bajo en grasa, sin azúcares o de bajo valor energético. Son declaraciones distintas y cada una debe cumplir sus propios requisitos.
Que un producto sea light no quiere decir que podamos tomarlo sin límite. De nada sirve consumir el doble pensando que no engorda, porque al final podemos ingerir tantas o incluso más calorías que con una cantidad moderada del producto convencional.
Por eso es importante leer con atención las etiquetas, aunque algunas veces parezcan jeroglíficos. Conviene comprobar cuál es la razón de que el alimento sea light y comparar su valor energético y sus nutrientes con los de un producto semejante.
Para que la comparación sea útil debemos fijarnos en las cantidades por 100 gramos o por 100 mililitros. También merece la pena mirar el tamaño de la ración, porque no siempre coincide con la cantidad que realmente tomamos.
En general, no se puede decir que el consumo de productos light sea bueno o malo. Son una opción más y pueden resultar útiles en determinadas ocasiones, pero la palabra light no convierte automáticamente un alimento en saludable.
Lo mejor es saber qué estamos comprando, leer la etiqueta y no dejarnos llevar únicamente por las palabras destacadas en el envase. Y, por supuesto, no olvidar los alimentos frescos y naturales, que deben seguir ocupando un lugar importante en nuestra alimentación.
Fuente: Consumer.
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