Llega el calor y empiezan a apetecer los helados. A mí me parece que forman parte del verano y no veo ninguna razón para renunciar a ellos. Eso sí, no todos están hechos de la misma manera ni aportan lo mismo.
Tampoco hace falta darle demasiadas vueltas. Podemos tomarnos un helado y disfrutarlo tranquilamente. La cuestión está en elegir una cantidad razonable y saber un poco qué estamos comprando.
Los helados que llevan nata, crema, chocolate, frutos secos, galletas, coberturas o barquillo suelen aportar más calorías que otros más sencillos. Pero tampoco podemos decidirlo solo con mirarlos, porque dos helados muy parecidos pueden tener una composición bastante diferente.
Para salir de dudas, lo mejor es echar un vistazo a la etiqueta.
En la información nutricional aparecen las calorías y las cantidades de grasas, grasas saturadas, hidratos de carbono, azúcares, proteínas y sal.
Para comparar varios helados tenemos que fijarnos en los datos por 100 g o por 100 ml, pero utilizando siempre la misma medida. No tendría sentido comparar los valores por 100 g de uno con los indicados por 100 ml de otro.
También conviene mirar cuánto pesa realmente la porción que vamos a tomar. Una cosa son los valores de la etiqueta y otra el tamaño del helado. No es lo mismo una pieza pequeña que una tarrina de buen tamaño, por mucho que la composición sea parecida.
Hay una cosa curiosa que muchas veces pasa desapercibida: durante la elaboración del helado se incorpora aire a la mezcla. Ese aire ayuda a darle su textura y hace que resulte más o menos ligero.
Por eso, dos envases que ocupan exactamente lo mismo pueden tener pesos distintos. El que contiene más aire es menos denso y pesa menos; el más compacto pesa más, aunque los dos envases tengan el mismo tamaño.
Así que el volumen del recipiente tampoco nos cuenta toda la historia. Para saber lo que estamos comprando hay que mirar el peso y la información nutricional.
Un helado puede formar parte de nuestra alimentación sin necesidad de convertirlo en un problema. Si un día nos apetece, nos lo tomamos. No hace falta saltarse después una comida ni salir a caminar pensando que tenemos que pagar por él.
Podemos escoger el que más nos guste, mirar la etiqueta cuando queramos comparar y tener en cuenta el tamaño de la ración. Al final, como ocurre con casi todo, el sentido común suele ser bastante mejor compañero que la calculadora.
20 COMENTARIOS